jueves, 5 de abril de 2012

No habrá paz para los malvados, la serie que pudo ser y no fue

José Coronado caracterizado como Santos Trinidad en No habrá paz para los malvados

No habrá paz para los malvados es una buena película que podía haber sido una muy buena serie. Estamos hastiados de bochornosas propuestas en la pequeña pantalla española, presuntamente novedosas, mientras tenemos que envidiar a nuestros vecinos yankis viendo cómo aprovechan el talento y los medios de Hollywood. Su calidad estriba ahora en sus series, abandonando las armas del celuloide y contratando a los mejores guionistas; los verdaderos, aquéllos que no necesitan hacer una trilogía,  precuela, saga, secuela, versión o remake de una idea para sobornar espectadores.

El personaje de Santos Trinidad es una golosina para un actor, José Coronado, en estado de gracia. Sus interpretaciones nunca antes habían convergido en un personaje tan creíble, tan alejado de esa cara de chico bueno que tiene cuando despluma su barba. Él es un rufián, un malhechor con placa esculpido a través de las asperezas del tiempo. La vida mancha es perra, traicionera, y su pasado, al igual que el nuestro, es capaz de verse truncado por una reyerta con sabor a pólvora.

La película adolece no de un guión con fisuras, sino más bien de un guión falto de metraje. La historia se comporta como un tuit, donde no encuentra espacio suficiente para hilvanar dos complejas intrigas. No da tiempo a desarrollarlas y es una pena, porque la mezcla del narcotráfico colombiano, los terroristas islamistas y la anodina rutina etílica de Santos podía dar mucho más de sí. La sensación es agridulce, indómita, repleta de jirones causados por unos enredos que chirrían en el engranaje final. La trama terrorista, los personajes de la trama terrorista por aquello de ser más chinchorrero, no da la talla. Le falta oxígeno para su combustión.

No habrá paz para los malvados se sustenta en un cowboy de medianoche, en un renegado alcohólico, abandonado a su soledad, que siente sobre sus hombros todo el peso de la cinta. El film pierde fuelle cuando hay un plano en el que él no aparece. En este sentido, el mérito se lo debemos apuntar al encargado del casting. Rodolfo Sancho no es el Ethan Hawke de Training day, ni él ni su exánime protagonista, y la cerosa interpretación de Helena Miquel no ayuda precisamente a mantener el interés en ellos. Se salva Juanjo Artero, si bien es cierto que su continuo gesto torcido, acompañado por esa voz y mirada patibularia, no le termina de sentar muy bien. Claro que, si no fuera así, tendríamos un déjà vu que nos recordaría irremediablemente a El comisario.

Los directores españoles a duras penas encuentran financiación para sacar adelante sus proyectos ante una industria que mira con recelo todo lo que huele a riesgo. Quizás el futuro de la industria española esté fuera de unas salas de cine patituertas, cada vez más vacías por el precio impuesto por el mercado. Me gustaría encontrar a directores valientes, que a riesgo de pegársela de bruces contra su osadía, sacaran adelante una verdadera serie de televisión. Se puede trasvasar el buen cine negro como el de Enrique Urbizu a la caja tonta, con respeto hacia los televidentes, esto es, sin decenas de realitys montados exclusivamente para su comadreo. Llegado ese momento dejaría de llamarse así y merecería la pena el gasto en palomitas. Señor Urbizu, señores productores, ¿qué les cuesta hacer una llamada a la HBO para que les expliquen cómo dar viabilidad a un proyecto con potencial?


Fotografía | El opinómetro

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