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Soy un joven escritor navarro, editor de viajes y blogger. Actualmente busco una editorial que confíe en mi primera novela, El péndulo de hielo, la cual la puedes comprar en Amazon.

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martes, 21 de junio de 2011

La melancólica melodía del afilador

El afilador en bicicleta, ese sonido tan familiar

Hay sonidos que se adhieren a tu piel como si fuera tu propio sudor. Conforme pasa el tiempo es muy fácil dejar de escucharlos porque tú te vas alejando poco a poco del barrio donde habitan, del pueblo donde acaban muriendo. Sin embargo, se antoja imposible desprenderte de ellos. No es que sea complicado, es simplemente que la señora nostalgia se asoma a tu puerta y no te ves con fuerzas de dejarla marchar. La cierras con llave, con ella adentro junto con todos tus recuerdos, en ese baúl que va cogiendo más y más polvo en el trastero hasta que llega la hora de hacer limpieza. De ver llover sobre mojado.

Es fácil comprender tus orígenes. Es tan sencillo como mirar hacia arriba, al predispuesto cielo, y preguntarle directamente. Si te caga encima llenándote de mierda, está claro, te lanza una indirecta para buscarte el pan en otro sitio. Es una señal, la de la buena suerte dicen, como cuando te caga una paloma encima y giras 360º por si alguien te ha visto. ¿Acaso miento?

Hay veces en las que no me atrevo a mirar. No lo hago por miedo, por ese mordaz cosquilleo que te incita a volver a tus raíces. Claro que, cuando me da por observar el manto azul, grisáceo más bien allá donde vivo, la triste realidad te golpea en la cara como un boquerón enlatado. Tú giras el cuello porque esperas escuchar tu pasado, porque piensas encontrarte al afilador haciendo sonar su himno subido en su bicicleta. Nada más lejos de la realidad.

Unas notas estridentes cabalgan las nubes a bordo de una descolorida furgoneta. Megáfono en mano, sujeto por los dedos de su techo, despliega la incomprensión en tus sentidos. No sabes a qué atenerte y caes al suelo desubicado al doblarse tus piernas. Sigues con el cuchillo de cocina en la mano, con las primeras (y únicas) tijeras que compró tu abuela, cuando todavía no existía agua caliente ni electricidad, ocultas en el bolsillo. Te sientes como ella, como tu abuela, como un dibujo animado en blanco y negro. Te conviertes en un dibujo desanimado, en un chiste sin hambre ni gracia. Ahhh... las melodías. Qué diferentes son y qué lenguajes más opuestos emplean.

Te he dicho que no impostor, que yo no parlé francé, que no quiero ni tu gofre ni tu helado. Sólo te pido que me consigas la llave que abra la puerta de mi nostalgia.

¡Devuélveme al afilador!


Fotografía | Mashpedia

martes, 14 de junio de 2011

El miedo al fracaso, el hacha que borra la creatividad



La figura del educador, de nuestro educador, muda de piel según nuestros intereses. A veces ese trabajo recae en los hombros de los profesores y otras, en cambio, la televisión o la prensa escrita toma el relevo de unos padres que se ven desbordados.

¿Acaso estamos preparados alguna vez para traer al mundo a un nuevo retoño? La respuesta es desconocida para mí, todavía no me he enfrentado a dicha osadía.

Cuando estás en la edad del pavo, cuando todavía ignoras si te gusta la carne o el pescado, cuando los granos de color blanco lechoso se atrincheran en tu rostro, debes tomar una decisión; y no una cualquiera. Debes elegir un oficio, ya sea ejercitando los codos continuando con los libros de texto durante una década más (sí, amigos, después del bachiller viene la universidad y después de ella os espera un máster y otro más) o bien escapar a un mundo laboral convirtiéndote en una presa fácil de aniquilar.

El ritual fúnebre es siempre el mismo. El aspecto del enterrador, que casualidades de la léxica rima con orientador, es tenebroso. Su pregón comienza con pesimismo, le sigue un diálogo de desánimo y continúa con la decepción en sus ojos. Del sistema, de su trabajo, de su incapacidad para formularnos una única pregunta en vez de alabar las carreras con mejores salidas profesionales.

¿Qué te gusta hacer?

La realidad, la triste realidad, es que él no tiene la culpa. Tampoco nuestros padres. Ni siquiera la rimbombante caja cuadrada que adorna nuestro salón. El problema lo tenemos nosotros. No sabemos escuchar nuestros deseos y no lo hacemos porque sucumbimos ante la desesperanza, convertida en espiral, de nuestro entorno. Nos hacemos mayores y nos olvidamos de que una vez fuimos niños; justamente una época, la niñez, en la que no temíamos equivocarnos ni enfrentarnos al fracaso.

¿Por qué?

Porque hacíamos lo que nos gustaba sin pensar si alguna vez nos serviría en el futuro. Éramos creativos, fuera dentro de las cuatro paredes de un colegio o fuera en medio de un bosque encantado. No le teníamos miedo al mañana pero llegó un punto crítico en el que nos talaron esa habilidad de raíz. Tampoco nos quejamos en aquel instante. Menos aún ahora.

"La creatividad se aprende igual que se aprende a leer". Esta frase es de Ken Robinson, un invitado de lujo para una entrevista realizada por Eduard Punset en su programa Redes.

Os dejo con "Todos tenemos la capacidad de ser creativos". Su visionado os llevará media hora de vuestra vida para, que de forma pasiva, penséis en qué lugar os encontráis. Para recapacitar si vuestras elecciones y acciones han seguido vuestros intereses más elementales.


Al finalizar el vídeo os aparecerá la segunda parte. Si, por el contrario, queréis ver el programa de una vez, podéis pinchar aquí.


Fotografía | Florencia Díaz Fazi

 
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