martes, 26 de abril de 2011

El poema de la manzana


Anoche era una noche de palomitas, buena compañía y una de esas películas que aburren a la inmensa mayoría de esta sociedad hiperactiva, una de esas películas que tanto me gustan, la coreana Poesía. Fui cómplice de verdades como puños durante casi dos horas y media, el tiempo que transcurre entre dos partidos de bádminton en el que se intercambia a uno de sus jugadores: por ignorancia, por pragmatismo, como medida doctrinaria, como el camino a una muerte anunciada. De madre a hija, de abuela a nieto.

El cine asiático no es apto para todos los estómagos, sobre todo aquél en el que la violencia no se manifiesta como el narrador de la acción.

Cualquier creación literaria debe ser forjada por medio de ir tomando notas, a través de observar con detenimiento lo que las mil primeras veces hemos pasado por alto. Sin poderlo evitar –tendemos a hacerlo la gente de mi calaña, o eso quiero creer– me sentí identificado y también caricaturizado; por una manzana, ¡por una triste manzana!

En el noble arte de la pintura, al intentar plasmar la figura de esta pieza de fruta singular en un bodegón, seguimos sin prestarle la más mínima atención. Modelamos las sombras de otros objetos tiñendo de negro su figura exterior y, sin embargo, continuamos sin ver lo que tenemos delante nuestra. Hablo desde el desconocimiento, pues no he nacido pintor ni tendré la fortuna de morir siendo pintor, hablo desde el conocimiento de que para llenar de lírica un papel en blanco no nos sirve con mirar. Hace falta algo más que un buen corazón y un par de ojos. Destreza: sí, también, por supuesto; mirada crítica, atención y paciencia: por descontado.

En el caso de querer trasladar esta manzana a la ficticia realidad, debemos olerla, para ser capaces de comparar su fragancia; debemos desnudarla con la navaja, para dejar de imaginarnos sus vergüenzas; estamos obligados a morder su cuerpo, para saber a ciencia cierta a qué sabe el pecado; debemos de llegar a su corazón, para poder así enterrar a sus negras lágrimas en un fértil ataúd. Nadie dice que sea fácil, tampoco tiene porqué serlo.

Disfrútese con su desquiciante dificultad. He ahí donde reside su gracia.


Fotografía | go-mag

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