domingo, 30 de enero de 2011

Huyendo del señor Insomnio



Ser escritor, creerte escritor, digámoslo abiertamente, sin miedo a equivocarnos, conlleva más riesgos de los que uno pueda imaginar al embarcarse en tan surrealista osadía. Vives despierto por y para tu novela, un hijo que llora cuando tiene hambre, un grano en el culo que te desvela por completo y te obliga a menear su cuna a las 4 de la madrugada. Primero piensas un poco en él, en cabos sueltos desperdigados por sus entrañas cuya intervención quirúrgica se convierte en necesaria, de vida o muerte. Cuando te has vestido de cirujano es cuando te das cuenta de que no hay vuelta atrás, es la hora de ponerse manos a la obra.

Mueves la almohada, te giras a la izquierda, tratas de taparte los oídos con silicona, ocultar tus pensamientos con kilos de cemento que los entierre hasta el día siguiente. No da resultado. Giras sobre ti mismo, de nuevo, esta vez hacia tu derecha. Al darte cuenta de que tus párpados están alerta, optas por cerrar los ojos y tratas de soñar, de soñar despierto. Vuelves a fracasar. Te remueves bajo las sábanas, seduciendo sus curvas con fetichismo, rozando sus órganos del pecado con tus adúlteros pies. Sientes el placer del anonimato bajo la oscuridad pero para cuando quieres usar una posición de defensa es demasiado tarde, el insomnio se ha apoderado de tus sentidos.

Un abanico de posibilidades se abre en medio del techo que te cobija de la incesante lluvia de ideas. Yo, que soy muy cobarde, considero la huida la mejor de las opciones. Debo ponerme en la piel de un renegado, esconderme en lo alto de un vehículo que me transporte por tierras áridas, libres de tentadoras aguas que llamen a mi puerta a las 6 de la mañana y saquen del armario a su amo, ¿de nuevo por aquí, señor insomnio?

Si fuera un viejo rockero, cogería una botella de whisky y bebería sorbos pequeños mientras, con manos artesanas, me liaría un porro capaz de darse mamporros con mi libro en una pelea a 12 asaltos. Lamentablemente no lo soy, o si lo soy la vida no me ha enseñado a practicar sus costumbres. Quizás es porque no me vea capaz, puede que hasta no ver a mi historia tirada en el suelo, vencida, no me atreva a ser irreverente con mi cuerpo. ¿Podré tumbar en la lona al bastardo de papel?

Cada situación requiere de estímulos diferentes y en mi caso, la música es la droga que me mantiene despierto, a veces la que consigue mover mis pies, la que con ira consigue hacerme blasfemar o, la que espero, pueda llevarme de vuelta con mi almohada y poder así contar el número de ovejas que saltan por encima de la valla blanca de un verde prado. Intentémoslo con Grace potter and the nocturnals, probemos a unirnos a ellos.


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