lunes, 17 de enero de 2011

Hasta pronto Arturo, nos vemos en los bares

El día de hoy no tocaba hablar con el gesto torcido de tristeza. Si acaso, era el turno de portar una sonrisa en la boca al haber dejado atrás a una hermana que tardaré en volver a ver, embriagado de melancolía durante unos días, hasta que la rutina la aparcase a un segundo plano, a pesar de estar siempre en la primera de las tres dimensiones.

Me despierto con el horizonte grisáceo, que se cuela, nostálgico, a través de las rendijas de una ventana que no opone resistencia. Deambulo perturbado, ofuscado, con la mirada distante buscando respuestas a una pregunta incapaz de formular, ni si quiera de imaginar. 

Personas que un día fueron cercanas desaparecen de tu vida inexorablemente, como si fueran estrellas fugaces a las que seguir el rastro se hace imposible, probablemente por nuestra parca actitud de mantenernos al pie del cañón. Desaparecen para luego presentarse ante nosotros sin previo aviso, moviendo las agujas del pasado hasta situarlas en un presente que, para nuestra conciencia, sigue siendo pasado. Imprevisible, sí, incierto, pero pasado, con toda la carga emocional que eso conlleva. Los caminos de cada uno son diferentes, a pesar de guardar similitudes, empedrados todos ellos sin excepción. Aunque alguna vez fuéramos uña y carne, vivimos ajenos a la distancia porque sabemos con certeza que tarde o temprano nuestros caminos volverán a unirse; en algún cruce, en la coyuntura de un río que serpentea el valle por el que peregrinamos sin rumbo fijo. Puede que apenas nos saludemos, prefiriendo recordar fotografías de otras épocas en vez de observar la presente radiografía. Somos impredecibles, variando la capacidad de nuestra memoria a corto o largo plazo según nos convenga.

Llega el momento de dirigirme a ti, bastardo. Arturo, te insulto porque te aprecio, te insulto porque no tienes derecho a esfumarte sin pedir permiso y te insulto por frustración, por no haber estado ahí ofreciéndote una mano firme a la que aferrarte en un resbalón que ni siquiera hubiera dado para una anécdota. Te hubieras reído como lo hacías siempre, de ti, de mí, de la situación y de la vida. Así eres tú, un pinche cabrón dispuesto a ser el arlequín de la corte, con tus chistes malabares y tus mil y una desfiguradas voces. Nos diviertes con tu forma de ser, te diviertes viéndonos reír a carcajada limpia porque así eres tú; prefieres demostrar fortaleza a pesar de sentir miedo, prefieres vernos sonreír porque es tu antídoto contra él. Por eso mismo no derramaré ninguna lágrima, me mantendré impasible en los instantes de añoranza hasta que tus recuerdos se asomen por debajo de la puerta, como si pidieras permiso de nuevo para entrar a la casa rural de Etxalar, disfrazado de un lobo que ahuyentaba ovejas con diminutas piedras.

"El fumi, ¿dónde se ha metido el fumi? no veo su fumastra por ningún lado"

Lo siento compadre, te pido perdón por no poder estar hoy contigo de cuerpo presente. Espero que no te importe, tenemos todo el tiempo del mundo para reunirnos, aquí, allá o bajo la sombra de un ciprés porque, tanto tú como yo, conocemos las más que evidentes diferencias entre un pino y un ciprés. Cualquier día de estos, a mi vuelta, te encontraré apoyado en la barra de cualquier txozna, paseando tu perilla de mariquita por las calles de la Rocha, Arrosadia, la Txan o en el área de los conciertos del Oinez; tirado en el suelo con una pajita en la boca, tu mano derecha sosteniendo un vaso lleno de sidra y tu otra mano, la menos buena, buscando rodear el hombro de un camarada, sea uno viejo o uno nuevo, ¡qué más da! tú no haces distinciones, a todos nos ofreces tu mejor versión, tu única versión.

Déjame pedirte un último favor. Me gustaría, a modo de disculpas, de respeto y de cariño hacia tu persona, hacer llegar esta carta abierta a las personas que en estos momentos más lo necesitan. Debes hacerles ver a los dos amigos que disfrutaban contigo un soleado día de invierno en la montaña que no es su culpa. Al amigo que se pegó a las sábanas aquel día, a tus padres, a tu hermano, a tu novia, al grupo al que prestabas tu voz y tu guitarra. Debes hacerles comprender, con cautela, que de nadie fue la culpa, que de nada sirve pensar en la posibilidad de que una mínima acción hubiera alterado los acontecimientos. Debes recordarles, de aquí a un tiempo, que lo mejor es dejarte marchar, espantar las pesadillas a base de recuerdos felices. Prométeme que lo harás, y que te encargarás de hacer realidad un enorme abrazo que te mando con todo el afecto que soy capaz de ofrecer. Transpórtalo y entrégalo a todos tus seres queridos, lo necesitan más que yo en estos momentos y será la única forma con la que pueda mitigar su dolor.

Ikusi arte Arturo. Besarkada handi handi bat, biHOTZ biHOTZez.

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