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Soy un joven escritor navarro, editor de viajes y blogger. Actualmente busco una editorial que confíe en mi primera novela, El péndulo de hielo, la cual la puedes comprar en Amazon.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

El baile de las serpientes subterráneas



Nos vamos a la ciudad que nunca duerme, escuchamos decir a un conocido, como también aceptamos las palabras del impertérrito locutor de radio o asimilamos las voces cautivas de su propio eco en las mismísimas entrañas de la reina del salón, la blasfema televisión. Qué quieren que les diga amigos, amigas, si me permitís la osadía de catalogaros de este modo tan deshonesto, tan pueril como las preguntas de la madrastra a un espejo que nunca aprendió a mentir. Quizás exista dicha ciudad, Nueva York, anclada en el oasis de las luces y sombras, artificiales eso sí, más pendiente de que no se le corra el rímel que de mantener despiertos a los caníbales de la ciudad.

En la columna vertebral del almacén principal que abastece a los transeúntes neoyorkinos (¿sólo los neoyorkinos? No, creo que no) por la noche, en Mexico DF, la compleja realidad se torna dispar; a veces vulgar, otras, en cambio, somnolienta. Bajo la fumata blanca de la ciudad, causada por la polución o por la constante  juerga vip de los ángeles en el reino de los dioses, quién sabe, sus gentes habitan en calma, como pueden o les dejan eso sí. Caminan sin aparente rumbo fijo hasta adentrarse en las profundidades del subsuelo, allá donde lucifer juega al escondite, o al mus, según el número de acompañantes. Los guardianes de las catacumbas ejercen de anfitriones, distantes, a veces condescendientes. Agachar la cabeza a nuestro encuentro, en forma de reverencia, causa placer, alimenta la hoguera del ego que nunca se debe dejar apagar.  Recuerden la norma, el único elemento capaz de renacer de las cenizas es un ave, el ave fénix; es mejor contentar a los guardianes y así no comprobar su mutación cargados de furiosa cólera que cosa nuestro estómago de frío acero, con aguja candente.

Al traspasar las puertas del vagón de las pesadillas, las serpientes de la bandera mexicana se descuelgan del techo hasta erigirse en doncellas de la muerte. Su baile, sensual, macabro, insinuante, mortal, traslada las almas de los cuerpos que antes brotaban vida a un vagón diferente, a determinar dentro de la oscuridad existente en el pozo de los condenados. Los huesos, músculos, cartílagos, no; toda esa masa que con determinados impulsos cerebrales sirven para dudosas acciones, no; eso se queda donde estaba, pegados al asiento o a la barra de striptease. De pronto todo es silencio y es cuando se puede escuchar la afonía de la ciudad, si es que eso es posible.

Cuando las víboras se contraen a raíz del instinto que las hace estar alerta ante el peligro, esto es, cuando el convoy se predispone a hacer escala en el andén de la estación, todo vuelve a la normalidad. Ellas, de nuevo aunque en sentido inverso, serpentean las paredes hasta ocultarse por los resquicios que dejan unas ventanas semiabiertas para rastrear los despojos de oxígeno que hacen posible la vida allá abajo.

Al detenerse el vagón por completo, la dualidad entre la vida y la muerte se contrae, para dilatarse después al  coger velocidad de nuevo. El ciclo de la cordura y los sueños se renueva, el ciclo de la vida y la muerte se regenera.

martes, 14 de diciembre de 2010

Teaser de la novela - Fragmento 6



Después de haberse duchado, se afeitó con una navaja y jabón, tal y como acostumbraba. No le gustaban los productos específicos, ni las espumas ni las lociones para después del afeitado. Al ducharse con agua bien caliente, casi ardiendo, los poros de su cara se abrían de tal modo que conseguía rasurarse con un mayor apurado. El día de hoy no debía ser de acción, esta vez le tocaba inspeccionar el mayor centro de comida de la ciudad, el cual abastecía al resto de sedes de la periferia para abarcar todo el grueso de la población.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Sin rastro de los detectives salvajes



El lucero se mantiene firme en el piso, sin moverse, callado; obstinado en su quehacer nocturno, solitario. Su fogosa mirada cruza la calle colándose por la rendija de una cortina que está, pero como si no estuviera. No cumple con su cometido, ni la de resguardar la oscuridad, ni la de decorar la estancia; parcheada a base de yeso, blanquecina como la nieve que cubre el nicho de amor que se erige en lo alto de Popocatèpetl. Ojalá pudiera ver a sus amantes a través de la ventana, me reconfortaría ser partícipe de su eterna felicidad.

Convertido en nazareno, sumido bajo la influencia de la corona de espinas, camino eludiendo los socavones en el paso del temor hacia la cruz, de la cual no vislumbro la salvación que me eleve y me devuelva resucitado, libre de pecados. Por más que lo intento, las estrellas siguen ausentándose; cada noche la misma rutina, cada noche agolpadas bebiendo tequila en el café Quito hasta caer dormidas, extasiadas, por el martilleo constante de las campanas en su cabeza.

Mirando a mi alrededor las dudas me asaltan. No hay rastro de Belano, ni de Lima, ni por asomo de García Madero. Qué habrá sido de ellos, me pregunto, de aquellos lugares en los que debatían el devenir del futuro de un país cojo, renqueante en el arte de dar por gusto, orgullosos del desprecio hacia los miembros del real visceralismo. Por más que busco respuestas no las encuentro. Aguardo en silencio, apesadumbrado, dando pequeños sorbos a un café manchado en la Encrucijada Veracruzana. Las faldas de Bucareli se pliegan por miedo, o por desprecio, qué se yo. Puede que haya llegado demasiado tarde, puede que a estas alturas a nadie le interese escuchar unos versos que yacen aletargados en el anonimato de una servilleta. Quizás sea Rosario la que se dé cuenta antes de menospreciarla en la profundidad de la papelera, en compañía de difuntos frijoles. Quizás me equivoque, tal vez ese papel acabe en el bolso de Lupe, el cual usará para limpiar el amor expulsado por su aleatorio amante; da igual quién, si el de las 2 de la mañana, el de las 6 o el propio Quim, inquisidor de las Font.

No importa el volumen de notas que mi pluma encarcele. Las aísla sí, pero y qué, me cuestiono desorientado. Ha llegado el momento, me afirmo sin más ánimo que el de animarme, ha llegado el momento, decía, de sopesar la idea de pedir ayuda. Sentir vergüenza por saberme débil me volvería loco, comprender la razón por la que un brazo amigo estire con fuerza para sacarme del pozo, en cambio, me haría valeroso. Ahorita o nunca pinche pendejo, esbozo con determinación, te ha llegado la hora de pedir consejo a los detectives salvajes.

martes, 7 de diciembre de 2010

Abordando el pasado del mar de olivos



Las tareas de limpieza se asemejan a una caja de sorpresas que venden en los mercadillos. Siempre hay premio, a veces en forma de monedas o billetes abandonados y otras, en cambio, con el semblante de un recuerdo imperecedero. En este caso, la buscadora de tesoros fue mi madre, desempolvando un cuarto del que debo cerrar los ojos para no olvidar su insinuante silueta. El azar hizo que encontrara el diario de a bordo de los cinco, de los que una vez fuimos cinco entusiastas chavales en busca de diversión gratuita. Allá, en el sur, donde la gente no crea un corrillo infranqueable delante de tus fueros si no eres, o no conoces, a alguien de la cuadrilla.

Le llamó imperiosamente la atención un párrafo mío, unas palabras que diferían del código de aquella escapada. Éramos jóvenes, buscábamos diversión, las bromas revoloteaban nuestras nucas cada vez que bajábamos la guardia... y sin embargo, se encontró con mi actual presente. Es un juego de paradojas caprichosas pues, en mi caso, ahora es cuando veo mi pasado enfrente de mis ojos, la verdad que jugaba al escondite.

El camino prosigue sin pena ni gloria bajo un sol abrasador capaz de derretir las ideas y el ánimo. El hilo musical escupe sin cesar las canciones mil veces coreadas por todos nosotros mientras navegamos por un mar de olivos. A lo lejos se divisa Jaén como un bosque de cemento que dejaremos a nuestra derecha para, al fín, encarar nuestra meta: Granada.

Por aquel entonces no tenía el placer de conocer al gusanillo que hoy hospedo en las profundidades de mi barriga. O quizás sí, puede que existiera pero no lo conociera aún. Abro mi memoria y es verdad, tal vez encuentre otras punzadas en mi tripa que indicaban su presencia aunque mi ceguera me impidiera ponerle cara. Como cuando hirieron mi orgullo en primaria, en clase de lengua, al preguntarme el profesor si me habían ayudado con una redacción. Como cuando, de muy pequeño, en vez de hacer una hoja con un escrito la hacía de 10, con Spiderman como protagonista dando estopa a los malos de turno.

Claro que eso era antes, antes de hacerme mayor y coger la circunvalación en vez de tirar por un atajo. Tampoco me importa haber llegado con retraso, lo importante es haber aterrizado en el momento idóneo. Ahora lo sé, lo asimilo y lo comprendo. De nada servía dar de comer al gusano si no tenía una caja acondicionada para él. Era cuestión de colocar un paréntesis, nutrirme de vivencias, experiencias, aciertos y errores. Era cuestión, en definitiva, de crecer lo suficiente como para poder hacerme cargo de él.

Ahora convivimos felices descubriendo el mundo, sin descaro, sin vergüenza. Sólo espero que podamos volver, en el futuro, al presente, al que una vez fuera mi pasado. Allí, camino a Granada, surcando los mares de olivos a toda vela con el parche pirata en el ojo por bandera.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Entrevista David Barreiro por Relatos posindustriales



Desde hace un tiempo estoy siguiendo al joven escritor gijonés David Barreiro a través de su fantástico blog palabras de arena. Columnista, periodista, guionista, escritor...está visto que no tiene ocasión para relajarse, a pesar de considerarse "un vago" según sus propias palabras. Todavía no he tenido la oportunidad, el tiempo, la decisión, de echarle el guante a ninguna de sus novelas (Mediocre, Barriga). Hasta la fecha, me conformaré con seguir sus historias a través del anonimato de la red.

Para que lo conozcáis un poco más en profundidad, os dejo con una entrevista realizada por David González T. para avión de papel por su obra Relatos posindustriales, gracias al cual obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2007.

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PREGUNTA: De tu libro, Relatos posindustriales, sorprende primero el título, un título poco comercial y áspero… Otros autores prefieren títulos más poéticos o más escorados al reclamo comercial… ¿Por qué has elegido ese nombre para tu primera colección de cuentos?

RESPUESTA: Nunca me han gustado los libros de relatos que titulan la obra completa del mismo modo que una de las historias. Me condiciona a la hora de la lectura y, en muchas ocasiones, no responde al contenido. Por eso, me gustó siempre -y lo considero mi libro de relatos de cabecera- el de Nueve cuentos, de J. D. Salinger. Además de su valor literario, el título me cautiva, quizás por su sencillez. Y conste que Salinger titula como nadie. Ese libro comienza con Un día perfecto para el pez plátano, maravilloso título para esa historia, pero que no diría nada del resto. En mi caso, creo que era el título más honesto que podía darle, el que mejor explicaba al lector lo que podría encontrarse al abrir el libro. Nunca pensé en los aspectos comerciales, en el gancho del título, sino en responder a lo que había en su interior.

PREGUNTA: Relatos posindustriales se estructura en cuatro partes: La pesadilla americana; Uno más uno; Ellas; y Mañana será el mismo día. De la primera parte, La pesadilla americana, nos cedes Lo estaré esperando. Bien, en este relato, junto al resto de quinteto de esta primera parte, avanza una voz narrativa que cuenta desde la nostalgia: es la historia de un guionista que sigue intentando triunfar. Es como si el bloque de La pesadilla americana relatara biografías melancólicas de mitos que han dejado de serlo y de protagonistas que desean ser mitos, pero no lo logran… Hablo, por ejemplo, de ese pianista que se convierte en crupier o un cantante que prefiere ser camarero…

RESPUESTA: Sí, la primera parte del libro es un homenaje a la literatura norteamericana, al cine negro, a las sombras de Hollywood, a todo un imaginario que siempre ha ejercido mucha influencia sobre mí. La cultura estadounidense como símbolo de una sociedad en la que hay una obsesión, el éxito, que no siempre se ve convertida en realidad. Eso genera desazón y una percepción de derrota que es evocada desde la melancolía, desde la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor.


Leer entrevista completa

domingo, 5 de diciembre de 2010

Xabier Lete y su último adiós



Cuando una voz nos atraviesa el pecho de lado a lado, el corazón se detiene rendido a los latidos de sus cuerdas vocales. Su herida es más profunda que la causada por Excalibur al hundirse en nuestro cuerpo, sin exagerar, más sangrante incluso que la mayor de las mentiras.

Nos ha dejado un hombre cuyas palabras nos han tendido la mano en las tardes soleadas, como también lo han hecho en las duras noches de invierno, hilvanadas a través de un amigo de sus principios. Nos ha dejado él, no su legado, el cual perdurará en nuestra memoria tras cabalgar por los compases del viento. Mañana nos levantaremos y olvidaremos lo ocurrido, volveremos a estremecernos con sus letras como la primera vez. La grandeza, esa meta que algunos creen que se consigue con dinero, le acogió en sus brazos con el amor de una madre; de su Tierra, nuestra Tierra.

Hubo un día en el que rendiste un merecido homenaje al pastor de Urepel por excelencia, el maese Xalbador, el maestro entre los maestros. Sus versos te llevaron a escribir una de las canciones más representativas de nuestra cultura. Permíteme, si no es menester, robar tus palabras y cambiar ahora la dirección de los focos hacia tu persona.

Beti izango gara zure alboan Xabier. Milesker, bihotz bihotzez.




Era un amigo
muchas veces de buen corazón
las alas de la poesia
versos de sentimientos
le cambiaban.

Cantador en las plazas
lleno de soledad.
¿Dónde estás, en qué prado?
pastor de Urepel
subiendo por las laderas de las montañas
te escapaste.

Rota la valla
liberaste la canción
de todas las ataduras
de las fronteras de los cuerpos
intentando ser libre.

Tu último aliento
fue el verso mas profundo,
nunca se pueden decir
verdades tapadas
el grito mas fuerte...
fuerte...

¿Dónde estás, en qué prado?
pastor de Urepel
subiendo por las laderas de las montañas
te escapaste.


Teaser de la novela - Fragmento 5



El hall era espacioso, con una alfombra blanca y negra de lana de alpaca dando la bienvenida. En el interior no quedaba rastro alguno de las piedras que daban un aspecto añejo a la fachada. Las paredes habían sido pintadas de blanco, con el propósito aparente de captar toda la luz que entraba por los amplios ventanales, recubiertos con marcos de madera.


jueves, 2 de diciembre de 2010

El vergel del edén


Huyo despavorido de una manada de orcos que se aproximan hacia mí con sus tambores de guerra. No quiero mirar hacia atrás, y sin embargo, a día de hoy, lo hago constantemente. No sé muy bien si por miedo a ser aplastado por el ejército de esos seres verdosos, sin ningún canon de belleza conocido, o es debido a que el tiempo gira y gira en un bucle de nostalgia, miedo, felicidad y tristeza; mezclando la realidad que concibo, enlazando el pasado, presente y futuro en una única y delgada línea de alambre. Como aprendiz de funambulista he ido estudiando los libros de magia, aquéllos que explican cómo moverse entre infinitos mundos sin tropiezos. La realidad es tan sencilla que asusta, tan incómoda que gusta. Y nos gusta por la incertidumbre del mañana, porque creemos ser amos y señores de nuestro futuro, cuando lo cierto es que no somos capaces ni de controlar los pensamientos de nuestros sueños.

En Nueva Zelanda bastaba con dejarse perder por los inquebrantables páramos del sosiego. Daba igual ir en busca de aventura, amistad o trabajo, el follaje verde siempre reinaba en el horizonte. Si bien la búsqueda de la cueva del conocimiento se antojaba sugerente, la comprensible tierra fértil de su reino construía el paisaje a nuestro paso. Acabarían con el excedente persa en breve, tendiendo alfombras verdes hasta rellenar el decorado de exteriores. Mochila a cuestas, nos obligaban a ir conjuntados con la naturaleza en busca de una respuesta que no llegaba. Y no lo hacía por la simple razón de que sus vergüenzas la dominaban. Allá arriba, en lo alto de la torre del castillo, bajo los fieros barrotes de su incertidumbre.

El paraíso no entiende de colores, ni de sabores. No tiene por qué molestarse en calcular los segundos que transcurren desde que nace hasta que agoniza, acuchillada, en una oscura calle sin salida. Da igual si existe o desaparece, su legado perdura en nuestra imaginación agarrado firmemente con piolets que asimos con ambas manos desde la espesura que nos brinda el día a día. Nos gustaría estar allí pero estamos aquí. Aquí estamos porque el paraíso es un castillo de naipes con un alto índice de siniestralidad debido a su colapso y posterior derrumbe. Aquí estamos porque nos es imposible mantener la velocidad de rotación de su eje. No somos astros y aunque lo fuéramos, nuestra curva evolutiva no encajaría con su engranaje. Debemos aceptarlo, si de veras queremos alquilar una casita, de las de vallas blancas, en el vergel del edén, más nos vale romper con lo que un día fue y hoy en día no es. 

El paraíso está hoy aquí contigo. Al lado de ella. No seas tan estúpido de dejarla marchar; tus piernas pueden no ser lo suficientemente livianas como para alcanzarla.

 
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