martes, 23 de noviembre de 2010

La contagiosa soledad de la sección de congelados



Cada minuto existen injusticias. Actúan en silencio en el metro, en el Congreso de los Diputados, en la tasca de la esquina, en el último minuto del partido en el que el equipo de toda tu vida se enfrenta al primer clasificado, en la cárcel, así como en la guardería llena a rebosar de ángeles endemoniados. Nombraría otros muchos lugares, épocas e incluso apuntaría explícitamente a alguien en concreto. No obstante, ¿de qué serviría? Podríamos hacer algo, no hacer nada o patalear; la más extendida de la opciones es ésta última, sin discusión.

Las 24 horas que tiene un día dan para mucho. Dormimos, comemos, andamos y en según qué casos hasta corremos para ir al trabajo (eso los bienafortunados). En el tiempo que tarda la aguja en recorrer toda la circunferencia del reloj, encontramos un resquicio para ser felices, para estar tristes, enojados, dubitativos, sonrientes, convalecientes. ¿Qué hacer cuando una de las emociones nos cambia por completo? Soluciones las hay, a patadas, desde contagiar al prójimo con ella a pegarnos un tiro en forma de pastilla que nos deje secos hasta que se nos pase. ¡Qué narices! también podemos echar mano de las drogas o el alcohol, o ambas dos para conseguir un mejor resultado, más efectivo a corto y a largo plazo. Claro que, para esta actitud deberíamos ser rockeros, reyes y reinas de la farándula o bohemios pseudo-liberales (sin olvidar, no era mi intención, a ciclistas, indigentes, perroflauteros, toreros o presidentes de autonomía). 

En la interminable cola de un supermercado, quien más, quien menos, ha protagonizado o ha sido partícipe de una de esas conversaciones de ascensor. Los frentes, borrascas y anticiclones no faltan en esas tertulias, a las que se debe añadir la palabra mágica de Navidad, de marca blanca, porque la crisis nació con los primeros préstamos que pidieron los tres reyes magos. ¡Tres hipotecas como la copa de un pino! Os hablo de la nieve, tan recurrente como fría es la bola que te golpea en la cara de manos del niñato de los huevos en su hora de recreo. ¡Ay, esos adorables niños con cara angelical! Es verdad, el verano ya se fue y el olor a castañas asadas inunda los rincones más insospechados. Es época de regalos, de consumo, de gula, de soberbia. Lo es, por supuesto, de limpiarnos la conciencia, pues una vez al año no hace daño. De pecador a pecador, yo te absuelvo.

Volvemos a la cola del ultramarino, sección congelados. Alguien nos empieza a hablar, quejándose de que, como siempre, haya una única cajera en la hora punta. ¿Por qué esa manía de las personas mayores de hablar del éxito de sus hijos, sobretodo si han hecho carrera en el extranjero? Aquí, y ahora, soy de la opinión de que se trata de dos posibles variables. La primera es obvia: viven en soledad, cenando sin más compañía que la radio hasta que crean oportuno irse a la cama con la melancolía a cuestas. Irse a dormir es otro cantar. La segunda es rocambolesca: hace tanto tiempo que el hijo salió del nido materno que ya se ha olvidado de dar señales de vida; vía teléfono, correo o si están a la última, a través de las redes sociales o videoconferencia. Pasar a saludar en persona no, es demasiado pedir para sus ajetreadas vidas.

Ahora es cuando me despido de la señora, mayor, llena de arrugas además de infinidad de vivencias. Llega a trompicones un punto de inflexión tras decirnos adiós. Me he encontrado a gusto escuchándola, dejando que pregonara un discurso ensayado una y mil veces delante del espejo de las verdades. ¿Será que me estoy haciendo mayor? Puede que sí, puede que no. Puede que simplemente sea debido a la soledad que se contagia en la sección de congelados.


Fotografía: Actualidadenjambre

2 comentarios:

Hola!

No te conozco de nada, y he llegado a tu blog por pura casualidad...

Me llamo María, soy de Bilbao y sólo quería decirte que me gusta mucho cómo escribes. Espero poder comprar algún libro tuyo algún día.

Mucha suerte

Hola María,

Este tipo de aliento es necesario para pensar que todo el esfuerzo merece la pena. Palabras así, independientemente de que sean halagos o no, son las que calientan y avivan la llama de alguien que comienza su andadura.

Cuidado con lo que escribes porque esto se queda grabado y podrías acabar en mi lista negra. (risas)

De momento, lo que sí puedo ofrecerte es el primer capítulo de mi novela, El péndulo de hielo. De aquí a unos meses espero ponerla a vuestra disposición gratuitamente así como venderla en tiendas como Amazon.

Después, si obtengo vuestro beneplácito y ayuda, le llegará el turno al papel.

Muchas gracias!

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